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ENCERADAS

Opening: 27_10_2018

Closing: 27_12_2018

Solo Show
Special thanks to the Embassy of Poland in Mexico

ÁMBARES

Por Grisel Arveláez P.

Curadora e historiadora del Arte.

 

En un edificio antiguo del centro de la Ciudad de México fue mi encuentro con Magdalena Firląg. A ese encuentro yo le había puesto por nombre “entrevista”, pero más bien fue una plática que brindó el preámbulo y ha contextualizado las siguientes letras, que son solo apreciaciones de quien las firma.

 

Magdalena me comenta que lleva bastante tiempo en México y que está acá haciendo su posgrado. También pregunta por mi extranjería en este país, y en la conversación, me atengo de que es una curiosa viajera y una viajera curiosa; ambas cualidades que, para un artista, constituyen profundos tesoros: alimentos para sus almas; copiosas y preciadas fuentes de inspiración. Pienso que su inconsciente ya ha construido un mapa de viaje que ha marcado su obra plástica; parte que habitará y dará vida a la exposición Enceradas presentada por Aramauca – Plataforma para el Arte Contemporáneo en San Cristóbal de las Casas, México.

 

Entro con la euforia y la cautela de quien espía una habitación privada a través de un ojo mágico; es decir, con respeto y, a la vez, curiosidad. Las preguntas van y vienen. En ese instante descubro la esencia de su obra (a mi modo de ver y de sentirla): estoy frente a una mujer que vive, siente y palpa los materiales, los prefiere en sus estado más puros. Es una artista que profundiza en texturas y en los gestos metamórficos que vivencian los materiales, orgánicos e inorgánicos. Cochinilla, chaquiras, borra de café y la cera de abeja en tono ámbar establecen conjuntos que sellan y se encapsulan en diminutos objetos, dando nuevos rumbos a nuestros modos de conocerlos. E incluso de verlos. Estrechan un discurso entre la facultad que tiene el fósil -en este trabajo de Firlag, proveniente de una resina vegetal- de detener el tiempo, y la cautivadora belleza del color. En Enceradas se ha levantado un puente que acorta la distancia geográfica existente entre Polonia y México, lugares de nacimiento de un majestuoso material: el ámbar. Por eso es que la palabra “ámbares” confiscó mi mente apenas abandoné su taller.

 

La artista indaga más a fondo sobre esta asociación y se decanta por lo orgánico. Acude muy poco, o casi nada, a productos sintéticos: desde el uso de la cera de abejas hasta de la cera de depilar, las funde y las hace masas, capas, bases, las convierte. Las esculpe. Pinta. Y las revive en otros diálogos con el uso de la borra del café y su propio cabello. Una propuesta de autoexploración en tanto que, por un lado está el ejercicio casi clínico y curioso sobre la posibilidad metamórfica del material orgánico, pero, por el otro, reside el desecho, el resto que queda en su habitación. Sus cabellos, que han ido apareciendo por el piso, y, el café que ha venido usando, habitan ahora su mesa de trabajo y confluyen como materiales artísticos, reviviendo la escena permisiva y amplia del lenguaje del arte contemporáneo.

 

Magdalena Firląg ha hecho un producto estético, de tonos ámbar -esta vez-, un fósil o alhaja de valores subjetivos. En este momento, tú lector mereces que te confirme lo siguiente: Firląg prefiere crear sus propios materiales; prefiere lo primigenio para jugar con texturas y, con base en ello, imita otros materiales: pieles animales y humanas tratadas. Imita lo que ya existe, pero con materiales muy básicos, dando la idea de revivir lo primitivo, lo encapsulado, al hombre de las cavernas, sin necesidad de invertir en materiales especializados o de caer en búsquedas, en lo absoluto, arqueológicas, ni idealizando un pasado primitivo animal.     

 

Permíteme traerte lector (y, espero que espectador) de regreso al taller de la joven artista europea, en el centro de Ciudad de México, al espacio donde ella ha creado parte de lo que mi mente ha registrado y analizado. Ella hace arte en un taller en el que cohabitan lo industrial y lo barroco. Hay un amplio ventanal transparente desde el cual cuelgan varias de sus piezas, aún en proceso de creación y que me muestra con minuciosidad y esmero. Tiras de telas y trozos de linos rectangulares cosidos por ella, y “enmicados” con cera de abeja, dando vida a otra nueva forma de concebir el soporte sobre el cual dibuja, pinta, o cose.

 

Estamos ante una propuesta que tiene un valor autorreferencial pues permite sutilmente el paso por el caminar cotidiano pero individual de Magdalena. Mirar esta propuesta implica conversar con su espacio íntimo, ese en el que estos cabellos aparecen enredados, anudados y anidados, cuyo tono ámbar natural se hace más puro y palpable cuando entra en contacto con la cera sin color, o lo contrario, su aspecto toma un rumbo más áspero e, incluso, apabullante cuando la artista ha mezclado  pigmentos rojizos y cera.

 

Todo este proceso da vida a diminutas piezas que parecen alhajas extraídas de narrativas mitológicas, propias de las europeas pero también de las chiapanecas. A su vez, se presienten que llaman al conjuro de magia, pero se quedan enceradas y encerradas en la contemplación del ojo contemporáneo y que, tras pasar del tiempo, podrían llevarnos a la reflexión de nuestro estado más puro y natural.